300


Hace 47 años, en 1962, durante el apogeo del peplum (filmes de aventuras ambientadas en la Antigüedad) se estrenó Los 300 héroes, una película dirigida por el aplicado Rudolph Maté, que había ganado un merecido prestigio como uno de los mejores directores de fotografía de los años 30 y 40. Era la primera vez que se contaba en el cine la historia de los 300 espartanos que, al mando de Leonidas, contuvieron en el paso de las Termópilas a las gigantescas tropas del rey persa Jerjes.

La batalla, una de las más importantes de las Guerras Médicas, ocurrió en el 480 antes de Cristo, y la película se tomaba las libertades históricas típicas del peplum: por ejemplo, omitía que dos de los espartanos sobrevivieron y que los acompañaron unos seis mil combatientes de otras naciones griegas.

Un poco más de fondo era la distorsión que suponía presentar esa guerra como un enfrentamiento entre democracia y tiranía, o entre libertad y opresión. Debido a ese sesgo, muchos entendieron que, en plena Guerra Fría, las tropas de Jerjes eran una gruesa metáfora de la Unión Soviética (y hay ahora quienes piensan que el Jerjes de 300 representa la amenaza de Islam casi sin mediar metáfora).

Para Los 300 héroes, Esparta no era un terreno de grandes complejidades: bastaba el culto a la fortaleza, el rechazo a los débiles y la glorificación de la guerra. Quizás por eso eligió a un mocetón de segunda fila, Richard Egan, para encarnar a un Leonidas que, después de todo, no debía hacer mucho más que gritar, matar y morir.

El caso es que el autor de comics Frank Miller vio Los 300 héroes cuando tenía 5 años y quedó marcado por este relato de heroísmo sin límites y sin matices. Sobre la base de ese recuerdo, hizo un comic en 1998 que fue un éxito de ventas. Siguiendo la lógica de ese género, la historia sufrió más simplificaciones y aumentó en excesos.

La película 300 se basa en este segundo procesamiento. Aquí se agrega el traidor Theron (Dominic West), que no sólo quiere abandonar a Leonidas (Gerard Butler), sino también apoderarse de su esposa (Lena Headey). Y se añade esa rara mezcla de homoerotismo y homofobia que se aplica, el primero, a las relaciones entre los hipertonificados espartanos, y el segundo, a la vida en las corruptas tropas de Jerjes (Rodrigo Santoro), campeonas de las malas dentaduras, las jorobas y el piercing.

La visualidad de 300 tributa a la historieta de Miller, no a la que su director, Zack Snyder, había mostrado en su promisorio debut con el remake de El amanecer de los muertos (2004). Sus valores, motivaciones y contenidos proceden del mundo del comic. Y el resultado de ambas cosas –su estética– apunta, por sobre todo, a la lógica infantil.

Más que buen o mal cine, 300 es meta-cine: una película que se remonta a otra, intermediada por el recuerdo de un niño de 5 años. Si alguien se impresiona con ésta, quizás en 50 años más haya una nueva versión de Leonidas ganando en las Termópilas.

300
Dirección: Zack Snyder.
Con: Gerard Butler, Lena Headey, Dominic West, Rodrigo Santoro.
DURACIÓN: 117 minutos.

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