2046

Wong Kar Wai es el más prestigioso de los cineastas de Hong Kong. Su reputación se debe, en una medida sustantiva, a un estilo narrativo no lineal ­que dice haber tomado de Manuel Puig, base de su famosa Happy together (1997)­ y a una estilización visual tan pronunciada, que casi obliga al espectador a notar dónde y cómo está situada la cámara.

Paradójicamente, muchos de sus admiradores tributan a este último rasgo, que es probablemente el más discutible de sus películas más atractivas, como Chungking Express (1994) o Con ánimo de amar (2000). La fuerza más poderosa en el cine de Wong Kar Wai es la dificultad del amor, o, con más precisión, la continua pérdida del momento en que éste podría materializarse, porque, como dice el protagonista de 2046, "el amor es una cuestión de oportunidad".

2046, la más ambiciosa de las obras de este director chino, utiliza una fantasía borgiana para volver sobre este tema: un tren misterioso y futurista lleva hasta el año 2046 a los pasajeros que quieren recuperar sus memorias perdidas, porque en ese tiempo-espacio nunca cambia nada. El único que ha regresado de ese viaje interminable es el protagonista, Chow Mo Wan (Tony Leung), un escritor que recuerda a las mujeres que amó entre las navidades de 1966 y 1969.

El escritor tiene el mismo nombre que el protagonista de Con ánimo de amar, donde también aparecía una habitación con el número 2046 (que también es el año fijado por China para terminar con el estatuto de autonomía de Hong Kong). En aquella cinta, los protagonistas ocupaban piezas contiguas en un hotel barato, lo mismo que le ocurre a Chow en ésta.

Esta continuidad entre las dos películas se quiebra en las motivaciones: mientras los personajes de Con ánimo de amar se resistían al desenfreno por razones morales, el Chow de 2046 renuncia a sus amantes por una especie de cansancio existencial, una convicción a priori de que es demasiado tarde o demasiado temprano. Vive de la nostalgia de haber dejado en Singapur a Su (Gong Li), y no puede superar esa tristeza con la prostituta Lulu (Carina Lau), la joven Jing (Faye Wong) y la sufriente Bai (Zhang Ziyi); pero cuando Su reaparece, tampoco la puede querer.

"Todos los recuerdos son rastros de lágrimas", sentencia un subtítulo. Y eso es todo lo que hay en 2046: una tristeza elusiva, lateral, que parece escaparse ­la mayor parte de los encuadres relega a los personajes a los extremos de la pantalla­ tanto a los protagonistas como al espectador. Como es usual, Wong Kar Wai no cuenta una historia ni desarrolla caracteres: describe estados de ánimo. Y el más importante de ellos es, en este caso, la rendición ante la inviabilidad del amor. Contra lo que sus apariencias pueden sugerir, no es un cine de gran profundidad; pero, con sus momentos de inspiración visual y especialmente sonora, comunica eficazmente una idea de la tristeza "más grande que la vida".

2046
Dirección: Wong Kar Wai.
Con: Tony Leung, Gong Li, Zhang Ziyi, Maggie Cheung.
duración: 125 minutos.

300


Hace 47 años, en 1962, durante el apogeo del peplum (filmes de aventuras ambientadas en la Antigüedad) se estrenó Los 300 héroes, una película dirigida por el aplicado Rudolph Maté, que había ganado un merecido prestigio como uno de los mejores directores de fotografía de los años 30 y 40. Era la primera vez que se contaba en el cine la historia de los 300 espartanos que, al mando de Leonidas, contuvieron en el paso de las Termópilas a las gigantescas tropas del rey persa Jerjes.

La batalla, una de las más importantes de las Guerras Médicas, ocurrió en el 480 antes de Cristo, y la película se tomaba las libertades históricas típicas del peplum: por ejemplo, omitía que dos de los espartanos sobrevivieron y que los acompañaron unos seis mil combatientes de otras naciones griegas.

Un poco más de fondo era la distorsión que suponía presentar esa guerra como un enfrentamiento entre democracia y tiranía, o entre libertad y opresión. Debido a ese sesgo, muchos entendieron que, en plena Guerra Fría, las tropas de Jerjes eran una gruesa metáfora de la Unión Soviética (y hay ahora quienes piensan que el Jerjes de 300 representa la amenaza de Islam casi sin mediar metáfora).

Para Los 300 héroes, Esparta no era un terreno de grandes complejidades: bastaba el culto a la fortaleza, el rechazo a los débiles y la glorificación de la guerra. Quizás por eso eligió a un mocetón de segunda fila, Richard Egan, para encarnar a un Leonidas que, después de todo, no debía hacer mucho más que gritar, matar y morir.

El caso es que el autor de comics Frank Miller vio Los 300 héroes cuando tenía 5 años y quedó marcado por este relato de heroísmo sin límites y sin matices. Sobre la base de ese recuerdo, hizo un comic en 1998 que fue un éxito de ventas. Siguiendo la lógica de ese género, la historia sufrió más simplificaciones y aumentó en excesos.

La película 300 se basa en este segundo procesamiento. Aquí se agrega el traidor Theron (Dominic West), que no sólo quiere abandonar a Leonidas (Gerard Butler), sino también apoderarse de su esposa (Lena Headey). Y se añade esa rara mezcla de homoerotismo y homofobia que se aplica, el primero, a las relaciones entre los hipertonificados espartanos, y el segundo, a la vida en las corruptas tropas de Jerjes (Rodrigo Santoro), campeonas de las malas dentaduras, las jorobas y el piercing.

La visualidad de 300 tributa a la historieta de Miller, no a la que su director, Zack Snyder, había mostrado en su promisorio debut con el remake de El amanecer de los muertos (2004). Sus valores, motivaciones y contenidos proceden del mundo del comic. Y el resultado de ambas cosas –su estética– apunta, por sobre todo, a la lógica infantil.

Más que buen o mal cine, 300 es meta-cine: una película que se remonta a otra, intermediada por el recuerdo de un niño de 5 años. Si alguien se impresiona con ésta, quizás en 50 años más haya una nueva versión de Leonidas ganando en las Termópilas.

300
Dirección: Zack Snyder.
Con: Gerard Butler, Lena Headey, Dominic West, Rodrigo Santoro.
DURACIÓN: 117 minutos.